sábado, 5 de abril de 2008

HACER EL INDIO SAMARITANO


Los preparativos del viaje
La primera semana de julio fue la del campamento de Gotitas Vivas, que este año cambió su escenario habitual: las playas de Sanlúcar de Barrameda. Nos enteramos de que la casa que OSCUS tiene al pie de la playa de La Jara, donde habíamos estado yendo cada verano, tenía mal casi todas las conducciones de agua, que allí sufren mucho debido a la acción de la sal y la arena, y, según nos comentó Marga, “este año no iba a ser posible hacer el campamento allí”.

Todo cambió para nosotros en ese preciso instante. Teníamos por delante apenas dos o tres semanas para prepararlo todo. ¿Podíamos llevar a cabo el campamento sin contar con esa casa? ¿Teníamos recursos suficientes para afrontar el campamento con nuestros propios medios? ¿Había monitores para esta tarea, en la que todo iba a ser nuevo? En un principio, los que quedamos como organizadores éramos Rocío, Pepe y Josele –Vanessa y José Luis estaban de viaje de novios– y la pregunta era: “¿Tiramos para adelante los tres?”.

Hicimos muchísimas llamadas: pedíamos información sobre lugares posibles, hablamos con conocidos que podían echar una mano. Nada. A aquellas alturas del año, todo estaba completo. Iba a ser muy difícil encontrar un lugar que acogiera a principios de julio a 40 personas, unos 30 niños y 10 monitores. Pero el primer “milagrito” llegó enseguida: el camping El Madroñal, en Fuenteheridos (Huelva), tenía un hueco en la primera semana de ese mes, debido a que un colegio había cancelado su reserva para esa fecha.

Pero ahí no acababa todo. Había que decírselo a los padres. Al ser Gotitas Vivas un proyecto con menores, no podíamos cambiarlo todo sin consultarlo con ellos. Además, había que comunicarles que este campamento iba a ser diferente, ya que había que aumentar la cuota porque el lugar había que costearlo, algo a lo que ellos no estaban acostumbrados con los campamentos realizados en la casa de La Jara. Y eso iba a implicar otra cosa más: se reducirían los días de campamento, de ocho a cinco.

Pero la reunión resultó justo al contrario de lo que esperábamos: los padres quedaron encantados con el nuevo lugar que les presentábamos. Es más, hubo madres que preferían que hubiera ese cambio de lugar. Y todos estaban de acuerdo en aumentar la cuota lo que fuese necesario: “Incluso, si hace falta, podemos poner el doble”.

Ya teníamos el lugar, y casi todo el dinero necesario para el campamento de ese año: ahora hacían falta los monitores. Finalmente, nos encontramos allí, de Nuevo Amén: Marta, Juanma, Pepe, Rocío y Josele. Además, tras su luna de miel, fueron Vanessa y José Luis, y también estuvieron Chiqui, Jorge, Carlota, Encarni y Cecilia. El tema se fue perfilando poco a poco: fuimos a ver el camping El Madroñal y nos pareció el entorno ideal para hacer un poblado indio.

El poblado Gottanta
Al son de un timbal que había traído Encarni, los indios se reunían en círculo en el claro que quedaba en el centro de las siete cabañas de madera. Después de numerarnos todos –las gotitas primero; los gotines, después– y cantar, a quien se lo mereciera, el clásico canto “Llegaste tarde”, en ese lugar, se hacían los “Buenos Días”, las “Puestas de Sol” o los talleres de la mañana. Las cabañas recibieron nombres de árbol –castaño, madroño, quejigo, etc.– y, en cada una de ellas, dormían cuatro niños y un monitor. Y cada uno de nosotros pertenecíamos a distintas tribus: estaba Gotawa, Naturaleza, Tribulanda y otras, además de la de los mayores, los Monitótem.

El primer día hicimos, en la velada de por la noche, la “ceremonia de totemnización”, que consistía en que cada niño elegía el nombre del animal con el que más se identificaba. A partir de ese nombre, los Monitótem le ponían un adjetivo según su forma de ser. Así, tuvimos los nombres de los indios e indias del Poblado Gottanta. Recuerdo, por ejemplo, nombres tan originales como Nutria Soñadora, Oso Cariñoso, Panda Limpio o Ardilla Paciente.

Los Monitótem, vestidos de auténticos indios y realizando bailes y danzas autóctonas, íbamos llamando a las tribus y, después de que cada niño fuese bautizado con su nuevo nombre –en indio, su nuevo “tótem”–, bailábamos de nuevo en torno a ellos. Así fueron pasando uno a uno, y acabó la primera noche. No nos creíamos que había salido todo bien y estábamos ya terminando el primer día, que es uno de los más pesados, porque hay que trasladar todo el material, colocarlo, distribuir a los niños y, en este caso, hacerse al lugar. Así fue pasando cada días, a golpe de timbal. Y cada uno estuvo dedicado a uno de los cuatro elementos de la naturaleza.

Uno de los almuerzos lo hicimos cerca ya de Galaroza. Decidimos hacer una ruta de senderismo de unos cuatro kilómetros, muy bonita, que pasaba por dos zonas de arroyos, en las que nos paramos para refrescarnos un poquito. En el mesón, nos habían dado ese día a cada uno lo que ellos llaman una “bolsa de picnic”, con bocadillos, zumos y frutas para el camino. Todos íbamos equipados con cantimploras y gorras, porque, pese a ser un recorrido corto, hacerlo con unos 30 niños de la mano hace que el camino sea un poco más duro. Y luego sabíamos que eran otros cuatro kilómetros de vuelta. Pepe iba parando al grupo de cuando en cuando para dar una explicación sobre el bosque, lanzando preguntas del tipo: “¿A que no sabéis qué árbol es éste?” o “¿Sabéis cuánto tarda una botella de plástico en descomponerse?”.

Aunque hemos estado menos tiempo que años anteriores, ha sido un campamento muy completo. Ha habido talleres de molinillos de viento o de calendarios solares; las sobremesas fueron diferentes a las de otros años, al disponer de todo un campo para investigar y disfrutar; tuvimos piscina –“¿jugamos al 1X2?”– en lugar de playa; y las veladas tuvieron un atractivo especial, para niños y mayores, al poder pasarlas en plena naturaleza.

Una noche, jugamos a “Los cazadores de estrellas”, un juego que consistía en que cuatro o cinco monitores se disfrazaban de estrellas –la estrella bebé, la estrella refranera y otras–, y los niños tenían que pasar en grupo por los distintos lugares y hacer pruebas. Hubo mucho miedo y muchas risas a la vez… Otro día pudimos montar todo un “cine de verano”, en el que vimos La historia de Mowgli, en un ambiente inigualable.

Y la última noche fue la gran fiesta del fuego, presentada por Vanesa y José Luis –que iban de jefa y jefe indios–, en la que distintos grupos de niños contaban cuentos, danzaban (eso sí que era hacer el indio) o representaban cosas graciosas. Los Gotines hicieron un magnífico programa de Cuatro Milenio, en el que nos partíamos de la risa. Hubo hasta palomitas, gracias al mesón que nos ponían de comer, que está dentro del camping y en donde hemos desayunado, almorzado y cenado bastante bien.

Esto es, en resumen, lo que hemos vivido en estos días de campamento, en los que nos sobrepusimos al cansancio de nuestro trabajo habitual y dejamos muchas de nuestras citas y compromisos de Sevilla. Y todo por colaborar un poco, aunque sea vestidos de indios, para que haya niños y niñas que puedan disfrutar de una realidad distinta a la que viven en sus entornos cotidianos. Y que puedan extraer de la vida toda su riqueza y aprendan a relacionarse con las personas que les rodean. ¿No es esto lo que hizo aquel samaritano que dejó sus quehaceres diarios, se apeó de su caballo y decidió prestar ayuda a ese otro al que habían robado?

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